La vida está llena de convencionalismo. El lenguaje, el tiempo y las fronteras son algunos de ellos. El lenguaje es un acuerdo hecho por las personas de determinada área geográfica para unir unos signos que dispuestos de cierta manera tienen un significado que es comprendido por los interesados en comunicarse en ese idioma.

El tiempo es una dimensión que el hombre se ve en la obligación de medir dado el carácter efímero de su existencia y las fronteras son demarcaciones hechas en los mapas por políticos que responden a intereses.

Olvidarse de las fronteras: el mundo es el mercado

Olvidarse de las fronteras: el mundo es el mercado

El mercado es el mundo

La población mundial no deja de aumentar. Unos países crecen demográficamente más que otros y hay algunos que al contrario año a año ven reducida su cantidad de habitantes.

El saldo entre los que nacen, prolonga su estadía en esta dimensión y mueren ha arroja como resultado la cantidad de siete mil millones de habitantes.

Eso es un montón de gente con necesidades que cubrir. Gente que se alimenta, viste, transporta, se enferma y vive; alguien debe hacer el trabajo de servirles adecuadamente para obtener a cambio un provecho económico. Dicho en otros términos representa un gran mercado.

Cada país es un mercado condicionado por sus fronteras, la estructura legal y su número de habitantes. La tecnología aplicada a los procesos industriales y al campo ha hecho que la productividad crezca vertiginosamente, es decir que se puede producir más con la misma cantidad de factores productivos.

Una industria de gran escala que se instala en un país con pocos habitantes, está en la obligación de ver el extranjero como un mercado global, como un gran espacio sin fronteras. Limitarse implicaría producir por debajo de su capacidad,  acarreando un costo financiero muy elevado que la condena a la desaparición